
Su rostro, gastado por los años, mostraba las consecuencias de una vida mal llevada. Insatisfacción, desgano, impotencia.
Sin embargo, aquel ser llevaba la ilusión de una aterradora felicidad. Se sentía orgulloso de ser quien era, mientras sentenciaba con arrogancia: “yo la viví… no me puedo quejar”.
Mientras lo escuchaba sin oírlo me dejé llevar observándolo, tratando de ver más allá de sus palabras… lo importante.
Vi que no era cierta su aparente libertad. Comprendí en pocos minutos que no fue el quien vivió la vida, sino que siendo arrojado a una vorágine sin tregua, golpeado aquí y allá por los embates de la suerte, a duras penas, logró sobrevivir.
A esa supervivencia llamaba el felicidad.
Preso en la ilusión de que había sido el ejecutor de sus actos, nada había hecho en verdad. Todo le sucedió, tal y como suele pasarle a los hombres en el devenir de sus vidas.
Precipitados al mundo, inalámbricos, creemos y nos hacen creer que somos quienes vivimos, quienes sufrimos, quienes amamos… lejos de saber incluso, y las más de las veces, ignorantes por completo del hecho de que el mundo y la vida suceden, ocurren, al tiempo que nosotros, maquinas de carne, solo reaccionamos a tales circunstancias.
Incapaces de responder, habituamos un reflejo, una reacción que tras su repetición tornamos inmutable, única y real.
Desde allí. Presos. Aseguramos con férrea convicción responder por nuestras acciones. Como si pensar no fuera una acción nuestra, como si sentir no dependiera de nosotros.
La respuesta, mis amigos, solo es real en hombres libres. Raros ejemplares de hombres que han tomado para sí la decisión de serlo.
Libres por saber y por actuar, mucho más que los ecos de un pasado difuso. Hombres auténticos capaces de explicar por qué y para qué hacen lo que hacen, parados sobre sus pies de barro aunque sostenidos por las invisibles alas de su espíritu.
Con amplia visión, en su calidad de dioses, opacan, encandilan y molestan a la caterva de seres anti reflexivos, chatos e inconscientes que pululan aquí y allá imponiendo verdades a medias.
No, no es bronca lo que desprendo en estas líneas, es equilibrio y claridad.
Así como hay claros y oscuros, también hay nobles y mediocres.
Hace tiempo que el virus de la mediocracia se expande como una pandemia fuera de control, diezmándonos poco a poco….
No es culpa del sistema, ni de quienes nos representan, de hecho ya basta de culpables.
No es culpa de nadie, solo sé que es RESPONSABILIDAD de cada uno de nosotros.
Andrés Casari
No hay comentarios:
Publicar un comentario