Había bares, y luces.
Los coches pasaban sin mucha prisa por la calle espectante.
Estábamos sentados en una esquina, mesas sencillas, el viento moviendo
el aire que para esa altura del año era lo suficientemente fresco.
Sentí la incomprensión. Hablábamos sobre la vida, sexo,
mujeres, dinero, política…. No había caso. Fuera el que fuera el tema, siempre
conseguía una visión particular, diferente. Rara.
Veía sus caras, sus ojos inquisidores, preguntándome sin palabras por
qué razón no era capaz de pensar como ellos, de decidir en base a sus
supuestos.
Uno de ellos expreso que su mujer, así la llamó “su mujer” ignorando el
hecho de que jamás sería suya, que ella era otra persona individual, libre,
completa ¿o no lo era?
Suponía que su mujer no debía estar con su ex, miedo brotaba de sus
palabras al hablar de ella, de lo que ella podría hacer, de la poca confianza
que había en la relación.
Pensé en mí, en mi experiencia, en mis celos, en mi confianza. Jamás se
me ocurrió pensar en prohibirle a la chica que fuera mi compañera que no
hiciese tal o cual cosa, ¿Cómo podría?
¿Quién era yo para imponerme sobre su voluntad, sobre su cuerpo, sobre
su destino?
Desde allí miraba yo, desde allí miro yo. Cuanto egoísmo solapado...
Cada persona sabe lo que hace, o es responsable de no saberlo, ¿Cómo
podría yo faltarle el respeto de esa manera a quien afirmo amar?
¿Qué entienden por amor?
Siguen aferrados a esa anticuada idea de que el amor encierra, protege,
limita, censura, corrompe y, a fin de cuentas, daña y deteriora una relación
que podría haber sido siempre hermosa y libre.
En medio de ese círculo me sentía atacado, no porque me atacasen a mí,
atacaban mis ideas, mi concepción, mis creencias, que inevitablemente
cuestionaban su mundo vacío de sentido, capsular, carcelesco.
¿Cómo toleran los barrotes?
Yo, que amo el amor, que busco esa relación intima, real, sincera,
espontánea…
Yo que busco entre los cuerpos eso que destaque.
Te gusta sentenció con arrogancia. Como si fuera culpable de ello, como si estuviese
mal, buscaba mi debilidad, jugaba a que me conocía. Comprendo lo que estaba
tratando de hacer.
Lamentablemente quería encasillarme dentro de sus etiquetas, hacerme predecible.
¿Cuándo serán capaces de entender que no lo soy?
Que no pueden encuadrarme, que es libertad lo que late en mis venas, y
diferencia, y unicidad. Que los nuevos tiempos ya se hallan profundamente
arraigados en mi sentir, en mí actuar…
Ese amigo que decía respetarme buscaba una y otra vez no conocerme. No
le importaba escuchar lo que decía, quería que fuera comprensible para él.
Mediocre, en vez de alzarse en la comprensión, me rebajaba a su dimensión, a
sus conceptos, a su jaula.
El, que no era capaz de comunicarse con sus padres, que no había
activado su voluntad, que no deseaba salir del nido, que estaba cómodo
reptando, acostumbrado a la costumbre, circular y patético, me cuestionaba.
Estaban en pareja, pero no eran felices, sin embargo suponían que yo,
sin pareja tampoco podía serlo, no solo lo suponían, estaban convencidos de
ello.
Ninguno me lo dijo, yo lo sabía. Siempre me sucede saber, leer entre
líneas. Luego me dejo llevar en interpretaciones, enredándome en cómos y porqués
cuando en verdad lo único que se puede afirmar es la condición inevitable: cada
uno elige en qué mundo vivir, sus leyes, sus dioses, sus castigos.
Lo que me pregunto ahora es ¿Por qué razón punzó tanto la cuestión en
mi espíritu?
He encontrado la respuesta, ustedes deberán hallar las suyas, o creerme.
Andrés Casari

1 comentario:
me dejaste pensando y reflexionando, mucho!...igual tenés razón en lo que decís. y te reitero que me encanta lo que escribis!
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