
La irresponsabilidad avanza a pasos agigantados entre mi gente,
Veo mi pueblo destrozado por la codicia, por la mentira por el sinsentido de una vida vacía de valor, de esperanzas y de futuro.
Todo se limita a lo inmediato, nadie ve más allá de su placer instantáneo.
¿Qué esperan para planear su vejez? Pregunto.
Veo a mi pueblo sufriendo, gimiendo, lamentando, viviendo de pasado, aferrado a sus creencias viejas y oxidadas, ideas de otros siglos los invaden como epidemias, más no lo notan, creen estar en lo correcto, sostener su visión, crecer libremente.
Lo que no saben es que se encarcelan más y más en un laberinto complejo y posiblemente imposible de vislumbrar pasada cierta edad.
Yo estoy fuera de esas paredes, he estado ahí junto con ellos, y ahora, más de una vez comparto esos espacios pero no puedo quedarme mucho tiempo allí.
No es constructivo.
Por ello es que no llego a sentir plenitud por nuestros encuentros, siempre queda algo dentro de la jaula, lo intuyo, lo veo, lo siento.
Percibo su amargura, su envidia, su incomoda sensación…
Y me escurro, me debilito sabiendo que estoy haciéndolo… porque los amo. Porque quiero que salgan de allí, de esa cárcel que se han impuesto.
Pero siguen medicándose, siguen alimentándose con lo que sus verdugos les dan, siguen instruyéndose bajo las reglas de quienes quieren que no piensen ni enciendan jamás su fuego.
¿Por qué me siento así? Me preguntaba….
Ahora lo veo, mi pueblo está siendo diezmado, yo mismo, a veces, me siento cercenado, los veo sufrir, alejarse…
¿Será que temo a la soledad?
No, no creo que sea eso a lo que temo. No me asusta la soledad, me asusta la estupidez, la ceguera, la impotencia, el abandono, la irresponsabilidad, la hipocresía.
No quiero, no quiero eso en mi vida.
No soy el líder de mi pueblo, nadie me ha elegido para tal lugar, y sin embargo, ¿Quién será?
A que ídolo de barro persiguen.
¿Cómo hago para mostrarles que el camino es otro?
¿Qué son otras las cosas que pueden hacerse?
Quizás no sea el mío, es posible que mis pasos también sean erróneos, pero ese que siguen no. Estoy seguro.
¿Cómo despierto su fuego?
¿Debo hacerlo?
Esos ellos que nos atacan, esos otros que nos acechan, que nos controlan. Esa otrizacion, ¿no es también parte del ataque?
Y si dejan de ser ellos los que nos atacan, si empezamos a ser nosotros, incluyéndonos en un tejido necesario.
No están ellos y nosotros, divididos, separados, mutilados. Estamos todos dentro de lo mismo, cada ellos que sentenciamos, es un nosotros menos, dos bandos, dos peleas, dos. Divididos, enfrentados.
¿Qué pasa si fuésemos complementarios?
Si en vez de pelear por imponernos, fluyéramos para integrarnos.
Si ese otro, deja de ser otro para ser uno como yo, que hace otra cosa, que piensa diferente, que hace diferente, que tiene otra función, quizás opuesta a la mía.
¿Sería la vida tan absurda como para no haberse dado cuenta de la intención de los hombres?
¿Todo este orden, perfecto e increíble en que habitamos, habrá descuidado el conflicto entre los hombres?
¿O será necesario en el proceso?
Siendo guerrero, no deseo pelear para imponerme, mi lucha es interna, no externa. El verdadero guerrero lucha día a día por el mejoramiento de sí mismo, de su técnica, de su control, de su armonía. No para otro, no contra otro, aunque indirectamente lo haga necesariamente en consideración de lo que él conoce como su pueblo.
¿Estoy haciendo hoy lo que debo hacer?
¿He adquirido disciplina?
¿Soy responsable de mis actos, de cada una de mis decisiones?
¿Estoy siendo consiente?
Una vez más. ¿debo hacerlo?
Lo que importa es que quiero, y desde allí,
Fluyo.
Andrés Casari
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