
Ella suspiró.
Él dejó su vaso sobre la mesa, se inclinó y perdió su mirada en la lluvia, más allá de ella, en la marea de gente que iba y venía por la avenida.
¿Qué podría decirle?, pensó.
¿Qué podría decirle que la hiciera cambiar de opinión?
Ella lo miró distante, furiosa. No sabía por qué pero lo odiaba. ¿Cómo era posible eso? ¿Acaso no lo había amado hacía unos meses? ¿O nunca lo amó en verdad?
Él, incómodo, dolido, buscó sus ojos para seguir amándola.
Hielo fue lo que encontró. Ni restos del fuego que solía haber allí.
¿Qué había pasado? ¿Cómo fue que pasó’ ¿Dónde estaba mientras eso ocurría?
Ella repitió por quinta vez, parecía lo único que podía decir: “ No sos vos, soy yo, quedate tranquilo. Necesito un tiempo.
Él sonrió. Más por costumbre que por deseo. ¿Un tiempo? ¿Qué es un tiempo? ¿Qué arregla un tiempo? No necesitas tiempo, necesitas otro. No sos vos, soy yo el que no te sirve. ¿Qué te hace pensar que el tiempo, si tal cosa existe, juega algún papel en tu sentir y en tu pensar que es atemporal? ¿Necesitaste tiempo para saber que me amabas? ¿Necesitaste tiempo para sentir? Pedirme tiempo es pedirme que agonice para razonarte menos culpable, pedirme tiempo es invitarme a que me acostumbre a tu ausencia para que el dolor de alejarme para siempre de tu vida sea menos intenso.
Por su puesto, dijo él. Todo el que quieras.
Ella sonrió. Más por costumbre que por deseo. Besó su mejilla y se fue. Nunca sabría que esa sería la última vez que besaba la mejilla del hombre que amó alguna vez.
Él, disperso. Sintió subir la marea y tragarse el puente que habían construido entre esas dos islas desconocidas. Las cosas volvían a su naturaleza original. Eran otra vez desconocidos.
En verdad la amo, sintió. Siempre la amé. Es inútil engañarme, el tiempo no modificará lo que siento si yo no quiero modificarlo. Es posible que comience a pensar que es posible y me convenza con razones justificadas, buscadas, encontradas. Razones que atestigüen un futuro en que la odiaré…
¿Es necesario? Pensó. ¿A quién quiero engañar? La mujer que amo sigue existiendo fuera del tiempo y del espacio, quizás llegue a odiar a esta desconocida que acaba de irse. No hace falta engañarme.
Pagó la cuenta y se fue. No le importó mojarse. Era feliz porque era capaz de amar.
Ella entró en su departamento. No recordaba por qué había tenido esa cita, no sabía por qué el hombre que amaba la había dejado plantada enviando en su lugar a un desconocido. Sé que lo amo, sintió, pero necesito tiempo.
Ella y él alzaron la cabeza. Él y ella, sin saber, miraron la misma estrella. Ella y él no habían hecho ni dicho lo que sentían. Él y ella se amaban más allá del tiempo y del espacio. Ella y él eran completos desconocidos.
Él y ella no eran más que simples mortales ignorantes, condicionados, estandarizados. Ella y él creían que la pareja que habían conformado no era normal, no estaba bien, no debía ser como era.
Él y ella jamás se preguntaron según quién y murieron incompletos, sintiéndose en falta, negándose la vida y el amor por unas simples razones, por un conjunto de normas que alguien inventó, que algunos acuñaron y que se cristalizaron en cultura.
Ella y él quizás no sean tan desconocidos para ti.
Él y ella, tal vez, estén leyendo a través de tus ojos…
Andrés Casari
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